Un Zacualpan que no aparece en las crónicas mineras
Cuando se habla del Zacualpan novohispano, la plata suele ocupar el primer plano: minas, haciendas de beneficio, empresarios y trabajadores. Sin embargo, detrás de aquella actividad existía una sociedad mucho más amplia, formada por familias que se casaban, enviudaban, criaban hijos, acudían a los sacramentos y habitaban tanto la cabecera del Real como los pueblos vinculados con su parroquia.
Una de las ventanas más valiosas para conocer aquella sociedad es un padrón parroquial conservado en el Archivo Histórico del Arzobispado de México. El documento registra 3,008 feligreses del curato de Zacualpan y fue firmado por el bachiller Mathías de Pontaza. Como carece de fecha, los investigadores lo sitúan entre 1714 y 1738, los veinticuatro años durante los cuales Pontaza estuvo al frente de la parroquia.
3,008 personas bajo el cuidado de la parroquia
El padrón divide a la feligresía de acuerdo con su estado y edad. Registra 1,090 personas casadas, 219 viudas, 364 solteras y 1,335 niñas y niños de tres a veinte años. En conjunto suman 3,008 habitantes vinculados con el curato.
| Categoría registrada | Personas | Porcentaje del padrón |
|---|---|---|
| Casados | 1,090 | 36.2 % |
| Viudos | 219 | 7.3 % |
| Solteros | 364 | 12.1 % |
| Niños y niñas de 3 a 20 años | 1,335 | 44.4 % |
| Total | 3,008 | 100 % |
El dato que cambia nuestra mirada: en Zacualpan predominaba el náhuatl
El padrón, por sí solo, no dice qué lengua hablaba cada una de esas personas. Para responder esa pregunta es necesario acudir a otra fuente. Rodolfo Aguirre Salvador reconstruyó la geografía lingüística de las parroquias del Arzobispado de México hacia la década de 1720 y colocó expresamente a Zacualpan dentro del grupo de parroquias con predominio del náhuatl.
“Idioma mexicano”: el nombre que aparece en las fuentes
En numerosos documentos novohispanos, aquello que actualmente denominamos náhuatl aparece referido como “idioma mexicano”, “lengua mexicana” o simplemente “mexicano”. Por esa razón, los sacerdotes capacitados para predicar, confesar y administrar sacramentos en las lenguas indígenas eran conocidos como clérigos “lenguas”.
Saber que el náhuatl predominaba en el curato no significa que todas las personas hablaran únicamente esa lengua. En un Real de Minas circulaban españoles, indígenas, mestizos, afrodescendientes, trabajadores migrantes, comerciantes y funcionarios de distintos lugares. Lo que la clasificación permite afirmar es algo más preciso: el náhuatl tenía suficiente presencia entre la feligresía para definir lingüísticamente a la parroquia.
Un Real de Minas no era solamente un asentamiento español
La minería atrajo población de diferentes procedencias, pero no sustituyó a las comunidades indígenas que ya habitaban la región. En Zacualpan y otros reales de la llamada Provincia de la Plata, los pueblos vinculados con los centros mineros continuaron siendo fundamentales para la vida económica, religiosa y social.
Este dato modifica una imagen muy extendida del Zacualpan colonial. La fundación y desarrollo del Real introdujeron instituciones, trabajadores y tecnologías de origen europeo, pero la sociedad que se formó no dejó de estar profundamente relacionada con la población indígena del territorio. El náhuatl continuaba teniendo un papel cotidiano dos siglos después de iniciada la conquista.
Mathías de Pontaza: veinticuatro años al frente del curato
El hombre cuya firma permite fechar aproximadamente el padrón fue el bachiller Mathías de Pontaza. Los libros parroquiales utilizados por Vivero Domínguez lo sitúan como cura beneficiado de Zacualpan desde 1714 hasta 1738, una permanencia de veinticuatro años. Lo antecedió Miguel de Zárate y posteriormente asumió el curato Joseph Antonio Domínguez.
Durante ese periodo, Pontaza tuvo bajo su responsabilidad una parroquia extensa y socialmente diversa. El padrón que firmó no fue elaborado para responder las preguntas de los historiadores actuales: era una herramienta de administración eclesiástica. Precisamente por ello resulta valioso, porque conserva una fotografía parcial de la población tal como la Iglesia necesitaba organizarla.
Los números también hablan de familias
El grupo más numeroso del padrón está formado por niñas y niños de tres a veinte años: 1,335 personas, equivalentes a poco más del 44 % de los registros. Después aparecen 1,090 personas casadas. Estos números permiten observar que detrás de la economía minera existía una estructura comunitaria amplia, integrada por hogares y generaciones jóvenes, no solamente por hombres adultos relacionados con las minas.
Dos documentos, dos preguntas diferentes
Es importante no hacer decir a las fuentes algo que no dicen. El padrón de Zacualpan proporciona un número de feligreses y los distribuye por determinadas categorías, pero no anota la lengua de cada persona. El estudio lingüístico de Aguirre, en cambio, permite saber que hacia la misma época Zacualpan pertenecía al conjunto de parroquias donde predominaba el náhuatl.
Puestos en diálogo, ambos documentos ofrecen una imagen más rica: a comienzos del siglo XVIII existía un curato con miles de feligreses y, al mismo tiempo, una realidad lingüística en la que el náhuatl seguía ocupando un lugar central. Ninguno de los dos documentos permite afirmar cuántos de los 3,008 habitantes eran monolingües, bilingües o hablantes habituales de castellano.
¿Por qué importa hoy?
La huella náhuatl de Zacualpan suele reconocerse principalmente en los nombres de lugares. El propio nombre de Zacualpan forma parte de esa herencia. Pero la documentación del siglo XVIII permite ir más allá de la toponimia: muestra que la lengua no pertenecía únicamente a un pasado prehispánico remoto, sino que continuaba formando parte de la realidad social del territorio durante el periodo virreinal.
Reconocer esa continuidad ayuda a comprender que la identidad de un antiguo Real de Minas se construyó mediante el encuentro —y también las tensiones— entre diversos grupos. Zacualpan fue minero, pero también indígena; fue espacio de circulación del castellano y, al mismo tiempo, territorio donde el náhuatl conservaba suficiente vitalidad para caracterizar a su parroquia todavía en la primera mitad del siglo XVIII.
Lo que todavía falta investigar
Una consulta directa del padrón original podría abrir nuevas preguntas. Sería necesario determinar si conserva nombres individuales, lugares de residencia, pueblos de visita, anotaciones marginales u otros datos que no aparecen en el cuadro estadístico publicado. También sería importante reconstruir con mayor precisión cuándo y en qué comunidades comenzó a disminuir el uso cotidiano del náhuatl en Zacualpan.
Por ahora, dos evidencias permiten establecer un punto firme: durante el periodo de Mathías de Pontaza el curato registró 3,008 feligreses y, aproximadamente en esos mismos años, Zacualpan fue reconocido entre las parroquias del Arzobispado de México donde predominaba el náhuatl.





