Un documento que convirtió nombres en historia
Entre el 16 y el 26 de febrero de 1864, los auxiliares Genaro González y Mateo de Labra recorrieron distintos asentamientos de Zacualpan para registrar a sus habitantes. Anotaron nombres y apellidos, edades, género, estado civil, profesión y, en el caso de los hombres, si sabían escribir. Más de un siglo después, el historiador Robinson Salazar Carreño convirtió aquella lista del Archivo Municipal de Zacualpan en una base de datos para estudiar la estructura social del antiguo centro minero.
El padrón conservado no incluye todo el municipio. Comprende cuatro barrios de la cabecera, un pueblo, una ranchería, un mineral y una cuadrilla; faltan, entre otros lugares, la hacienda de Huertas y los pueblos de Zacualpilla y Mamatla, censados en 1868. Por eso sus cifras deben leerse como una muestra extensa y no como el total absoluto de la población municipal.
Ocho espacios de una geografía humana
El Mineral de Tecicapan fue el núcleo más poblado de la muestra: 502 habitantes agrupados en 100 familias. Le siguieron el barrio de Memecla, con 325 personas; Chacopinga y Calvario, con 262; la ranchería de Apecanaclan, con 233; el pueblo de San Antonio Mealco, con 232; el barrio de la Carrera y Palacio, con 212; el barrio de la Plaza y Fuente Principal, con 204, y la cuadrilla de San José, con 169.
Las diferencias no eran solamente numéricas. Tecicapan y Memecla concentraban familias de operarios. La Plaza, la Fuente Principal, la Carrera y Palacio reunían actividades comerciales, artesanales y de servicio. San José combinaba trabajos mineros con labores rurales. El padrón permite entender que el pueblo funcionaba como una red de espacios especializados y conectados entre sí.

Más mujeres que hombres en una región marcada por la movilidad
Entre las 2,139 personas cuyo género se registró, había 1,017 hombres y 1,122 mujeres: 47.5 y 52.5 por ciento, respectivamente. La diferencia se hacía más visible entre los 15 y los 34 años. El estudio propone varias explicaciones: la migración de varones solteros en busca de trabajo, el reclutamiento militar y las muertes provocadas por la Guerra de Reforma.
En un centro minero, la población podía cambiar rápidamente. El descubrimiento de una veta atraía trabajadores; el agotamiento de los yacimientos, la destrucción de maquinaria o la falta de capital los expulsaba. Los jóvenes solteros tenían mayor facilidad para desplazarse hacia distritos vecinos. Las mujeres, las familias y quienes mantenían actividades comerciales o rurales daban continuidad a los asentamientos durante los periodos de crisis.
La minería organizaba la economía, pero no era la única actividad
A mediados del siglo XIX el motor económico seguían siendo las minas de plata y las haciendas de beneficio. En 1854 se registraron 11 minas activas y 42 abandonadas. Las guerras y la inseguridad empeoraron la situación: las minas del Alacrán y La Canal sufrieron saqueos, destrucción de maquinaria y robo de herramientas. Los caminos hacia Toluca se encontraban en malas condiciones y el transporte de plata atraía asaltantes.
Junto a la minería existían cultivos de maíz y frijol, trapiches que producían miel, azúcar y piloncillo, pequeñas propiedades campesinas, tierras comunales y aprovechamiento de madera de los bosques de pino y encino. En el distrito también se elaboraban aceites de ricino y ajonjolí, harinas, jabón, sebo, manteca e hilados de algodón. Esta diversidad muestra que la sociedad local no puede explicarse sólo desde el interior de las minas.

Una población atravesada por la guerra
El padrón se levantó durante la Intervención francesa y el Segundo Imperio. Zacualpan había padecido ya levantamientos, ocupaciones y los efectos de la Guerra de Reforma. Las fuentes citadas en el estudio indican que la minería se paralizó por la huida de habitantes, que el templo parroquial fue saqueado y quemado y que en 1858 grupos armados impedían trabajar.
En 1862 el Estado de México fue dividido en distritos militares y Zacualpan quedó dentro del distrito de Toluca como parte del partido de Sultepec. La inestabilidad política modificaba jurisdicciones, impuestos, rutas y posibilidades de inversión. Para una familia, esas decisiones se traducían en empleo disponible, seguridad para viajar, precios de los alimentos y presencia o ausencia de parientes jóvenes.
De la crisis a una nueva bonanza
Los recuentos del siglo XIX ofrecen cifras muy distintas porque no siempre abarcan el mismo territorio y porque la población se movía con los ciclos mineros. En 1834 el padrón parroquial contabilizó 3,724 personas. Para 1854 se registraron 7,850 habitantes. La muestra de 1864 reunió 2,145 y dejó fuera varias localidades. En 1889, Alfonso Luis Velasco calculó 13,168 habitantes para Zacualpan.
Ese crecimiento tardío coincidió con la reactivación de 32 minas y 11 haciendas de beneficio, mientras otras 32 minas permanecían paralizadas. La pacificación relativa del país, las nuevas inversiones y la recuperación frente a epidemias y guerras ayudaron a atraer población. La secuencia confirma una idea central del estudio: en Zacualpan, las bonanzas convocaban trabajadores y las borrascas los obligaban a buscar otros horizontes.
Lo que todavía puede investigarse
Los nombres registrados en 1864 pueden compararse con libros parroquiales, escrituras, expedientes mineros y memorias familiares. También permiten explorar la persistencia de apellidos, la transformación de barrios como Memecla o Memetla y la relación entre antiguos oficios y actividades actuales. El padrón no es sólo una tabla: es un punto de partida para que las familias reconozcan conexiones con la historia local.
Digitalizar y describir los padrones municipales ayudaría a conservarlos y facilitaría nuevas investigaciones sin someter los originales a una consulta constante. Una exposición pública podría presentar facsímiles autorizados, mapas, árboles familiares e infografías elaboradas con los datos, siempre explicando qué localidades quedaron dentro y fuera de cada recuento.
- Ubicación
- Zacualpan, Estado de México




